Esta madrugada, mientras caminaba desde la Plaza de la República hasta el departamento acá en Belgrado, pensaba en cómo escribir este post. Descarté todos los posibles comienzos porque supe que ninguno iba a estar a la altura de lo que verdaderamente viví hoy. El cansancio me está venciendo, pero voy a intentar transmitir todo lo que pasó en este increíble día.

El partido por el tercer puesto entre Dinamarca y Polonia quedó en un quinto plano, pero les dedico un parrafito, sólo porque el handball que mostraron hoy fue digno de un partido por una medalla. Rápidas, bombarderas y tirando fantasías. Se prestaron el liderazgo en el marcador. El inicio fue para las escandinavas pero las polacas se despertaron y llegaron a estar a cinco (creo, a esta altura ya no lo recuerdo) de distancia. En el complemento las danesas despertaron con una Kristiansen brillante que metió 8 de sus 10 goles en apenas 20 minutos en la segunda parte para dar vuelta el partido y quedarse con el bronce. La petisa oxigenada se quedó con el MVP del partido y dejó a varios asombrados (por lo menos a mí que era la segunda vez que la veía, si contamos la semifinal). Mucha velocidad, explosión y visión de juego en esos 161 centímetros.

¿Y cómo empezar a contar lo que sigue? 19.467 personas llenaron el Kombank Arena para ver la final entre el dueño de casa y el ‘underdog’, Brasil. Un nuevo récord de audiencia para un partido de handball femenino fue batido, el tercero en el mundial. El piso temblaba. No miento.

19.467 personas llenaron el Kombank Arena. Si, nuevo récord.
19.467 personas llenaron el Kombank Arena. Si, nuevo récord.

Cuando llegué al estadio me apuré para buscar a mis amigos de la prensa brasilera, estaban donde siempre: segunda fila de la tribuna de medios, casi detrás de uno de los bancos de suplente, justo el que en el primer tiempo le pertenecería a Serbia. Las jugadoras danesas se sentaron ahí a ver la final, así que ví el partido ubicada a dos asientos de la MVP ‘Mulle’ Kristiansen. Estaba donde había que estar, donde sabía que Brasil haría historia, mais uma vez. Porque lo sabía.

Los serbios no gritaban. Rugían. El aliento era ensordecedor, no se parecía a nada de lo que había experimentado en un partido de handball. Me acordé de la final que habían jugado España y Dinamarca en enero en el Palau Sant Jordi. Pero no, esto no fue nada parecido a aquello. Esto fue mil veces más fuerte. Esto fue una cosa de otro planeta. Esto fue único e inolvidable.

Los equipos terminaron la entrada en calor y fueron a formar filas en el pasillo que lleva a los vestuarios, desde ahí saldrían para la presentación final. Ese fuego que Daniela Piedade y Mayssa habían descrito en más de alguna ocasión durante el torneo todavía estaba en los ojos de todas las brasileras. No me quedan dudas de que en los partidos de Serbia durante el torneo, tanto a las noruegas en cuartos de final como a las polacas en la semifinal les pesó muchísimo el rugido del público, pero había algo en la cara de las sudamericanas que me decía que a ellas eso no les importaba mucho. Así hubieran 10, 500, 4.000 o 19.467 personas, ellas no iban a dudar de lo que habían hecho para llegar donde estaban. La confianza en sus caras lo decía todo.

Finalmente llegó el momento de la acción. Primero ingresó la bandera de la IHF, pusieron esa canción que te dan ganas de entrar a romper todo y finalmente se produjo la salida a la pista de las jugadoras. Primero las locales. Las serbias pisaron la cancha y el estadio se vino abajo. Las balcánicas estaban felices y las sonrisas en sus caras lo decían todo. Pero también eran evidentes los nervios. Luego fue el turno de las visitantes, las brasileras, las del fuego en los ojos. Los nervios también las invadían, pero era otro nerviosismo. Al menos así lo percibí yo. Eran ganas de dejar a 20 mil hinchas con el chiflido atragantado, con los gritos ahogados.

Antes del inicio del partido la ‘voz del estadio’ leyó un pedido de fair play en inglés, rogó respeto para las jugadoras, pidió que no se abucheara a las rivales y que se alentara como gente civilizada. Cuando repitió el mismo mensaje en serbio la gente no tardó en…si, chiflar. Era obvio que así sería. Imposible calmar casi 20 mil almas que no quieren otra cosa que ver a su equipo campeón del mundo, ¿no? Y tenían equipo para hacerlo, eh. Pero quizás no tanto como el brasileño.

Para qué relatar lo que todos ya vieron. En el primer ataque del partido Ana Paula tuvo que gritarle la jugada en el oído a Deonise que tomaba el armado derecho. Desde la izquierda, Duda entendió las señas de la central y le sonrió. El ruido era increíble, los chiflidos ensordecedores. Las de Morten empezaron muy bien, dominando, tuvieron baches pero se levantaron. Las locales, con Lekić en una pierna, estuvieron al nivel de una final del mundo en su casa. Hicieron todo lo que tenían que hacer, pero como suelen decir los técnicos derrotados en las conferencias de prensa, el ganador fue el mejor de los dos equipos que estuvo en cancha.

Cuando el partido se ponía caliente (todo el tiempo en realidad) la ‘voz del estadio’ gritaba cosas en serbio y la gente explotaba cada vez más. Ya no eran rugidos. Eran como truenos. El piso volvía a temblar. Jamás en la vida viví algo así y será sin dudas un recuerdo que guardaré por siempre. ¿Ustedes se lo imaginan?, ¿casi 20 mil personas viendo un partido de HANDBALL FEMENINO?, ¿casi 20 mil personas chiflando y abucheando cada una de tus jugadas? Desconozco si las brasileras se enteraron de lo que había a su alrededor, porque jugaban como si estuvieran en el patio de su casa. No estuve tan errada en mi conclusión porque escuché a Dara decir en la zona mixta, con la medalla colgada en el cuello y el trofeo a sus pies: “Les dije a las chicas en el vestuario: “Imagínense ese gimnasio en silencio y de fondo el himno de Brasil, imagínense eso por un segundo””. Eso explicaba todo.

Es evidente que este equipo tiene una mente de hierro (en esto seguro tienen que ver las dolorosas derroctas anteriores, y por supuesto el trabajo de la psicóloga Alessandra Dutra). La presión del público terminó pesando más para las locales que para las ahora campeonas del mundo. Incluso estando abajo en el marcador, lo remontaron con total paciencia y tenacidad. Como ya no recuerdo exactamente qué pasó en los dos minutos finales, vale el copy-paste del relato en la web de la IHF: “90 seconds on the clock. Brazil scores for 21:20, missed shot by tragic hero Cvijic, Rodrigues hitting the net for 22:20, Pessoa saves again – the match was decided 55 seconds before the end. And while the audience was shocked, Brazil started their gold medal party.”

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Y en ese momento quise ser brasilera para poder justificar la terrible emoción y las lagrimitas que se me escaparon. Pero no hacía falta ser brasilera, bastaba mirar el progreso de este equipo, saber que esto no era una casualidad sino una consecuencia merecida por el esfuerzo, el sacrificio, la entrega; observar con un poco de envidia el logro; pero con muchísima admiración. Mucha.

Larissa, una de las acreditadas de prensa, gritaba atrás mío, saltando como loca “¡¡¡ACABOOOOOOOOU, ACABOOOOOOOOOOOU!!!” y yo no podía contener la alegría que sentía por ese equipo que estaba haciendo historia y por ver a los pocos brasileros que se acercaron hasta acá para presenciar semejante hazaña. Imaginaba que todos los reales, euros y dinares gastados por cada uno de ellos ya tenían una recompensa impagable. Y vamos, para mí también. Tal y como escribí hace unos días, todo este viaje ya vale cada uno de los centavos que me gasté.

Las jugadoras no podían levantarse del suelo. Y quienes estaban de pie batallaban por permanecer de pie. Abrazadas, llorando como niñas, saltando, cantando, sonriendo como siempre. A la fiesta brasileña poco le importaban los aplausos que caían para las locales; ya eran campeonas del mundo por primera vez en la historia en una tierra de tradición handbolera. Campeonas del mundo por primera vez. Campeonas del mundo. CAMPEONAS. DEL. MUNDO.

Rápidamente comenzaron a ‘echar’ a las jugadoras de la cancha; había que armar el podio. Las brasileras eran pura fiesta. Las locales pasaban con los ojos vidriosos por detrás de uno de los bancos de suplentes, embanderadas con insignias serbias y con ofreciendo sus aplausos hacia el público, que había sido el octavo jugador. Fue terrible ver la cara de Andrea Lekić, desconsolada. Yo había visto su renguera hacía dos días, luego de haber ganado la semifinal ante Polonia. Dejó el estadio con lágrimas en los ojos y con cara de dolor. La misma que tenía hoy cuando terminó el partido. Quería ser la heroína. No sé si sabe que ya lo es, que todos buscan desesperadamente la camiseta con el número siete y su apellido en la espalda (media pila, Hummel, que yo también me quedé con las ganas de comprarme una), que ya inspiró a toda una generación de nenitas y nenitos que hoy la fueron a ver. A ella y a Tomasević, a Cvijić, a Damnjanović y cia.

Y comenzó la premiación. Las lágrimas ya eran incontenibles para todas. Miré desde la platea a las más grandes llorando a moco tendido: Daniela, Dara, Alexandra, Deonise; imposible no contagiarse. Las danesas recibieron su merecida medalla de bronce, las locales su plata y las campeonas del mundo ya tenían colgado el oro en su pecho cuando Hassan Moustafa, que pareció haberse olvidado de darles el trofeo y tuvo que volver sobre sus pasos para entregárselo en manos a la capitana. Después de ver a Dara besar y levantar bien alto el preciado (¡y pesado!) trofeo y luego de escuchar “We are the champions”, el himno brasileño y la versión a capella de “Celebrar” a cargo de las jugadoras, corrí a la zona mixta.

Todas las protagonistas pasaron por allí. Los voluntarios formaron filas en el largo pasillo que llevaba a los vestuarios y aplaudieron a cada una de las jugadoras que pasó por allí: bronce, plata y oro. A mi lado se paró Malu, una de las enviadas de prensa de la Confederación Brasilera. Todas las jugadoras pararon para saludarla y abrazarla. Yo aproveché para felicitar a todas. Bárbara Arenhart, mejor arquera del torneo por escándalo (aunque fue increíble lo de Tomasević también) no pudo emitir palabra cuando vio a su Malu, la miró, sollozó su nombre y le dio un abrazo interminable. Ambas estaban sin palabras. La arquera de Hypo no podía parar de llorar y no era para menos. Y justo cuando parecía que iba a poder decir algo me vio y volvió a quebrarse. La felicité, ella me dio la mano y siguió llorando sin poder pronunciar palabra. No era necesario, ya había hablado en la cancha.

Para no perder la costumbre volví a recibir un abrazazo de una campeona en serio. Dani Piedade tenía una sonrisa interminable. No hablaba, gritaba, reía como loca. Cumplió los deberes con la prensa y cuando se liberó la saludé desde el final del vallado. “Tú eres una chica que nos trae suerte, ¡te lo dije!”, me gritó mientras me daba un abrazo fortísimo. No creo que les haya dado suerte, pero sí fue una afortunada por haber presenciado semejante epopeya. La felicité en portuñol y ella no paraba de saltar y sonreir. Sin dudas fue de los momentos más inolvidables. Me da hasta vergüenza decirlo, pero en cierto modo me hizo sentir parte del logro, aunque mi único aporte hayan sido gritos desde la tribuna.

Y ya que estaba por ahí, aproveché para felicitar a jugadora que pasara. Mayssa, en un perfecto español, me agradeció los saludos. Todavía tenía la mano vendada, la misma que se había cortado hacía unos días y en la que había recibido cinco puntos. Sí, con esa manito cosida la DESCOSIÓ al día siguiente contra Dinamarca. CON LA MANO CORTADA, CARAJO. “Todavía no lo puedo creer, esto es un sueño”. En sus ojos ya no había fuego, ahora se parecían mucho más a los de una nena que acababa de conocer Disney. Se le notaba en la cara que todavía no entendía nada, ni siquiera la medalla que colgaba de su cuello la hacía caer.

Dara no soltaba el trofeo, Alê hablaba con la prensa en todos los idiomas y yo seguía sin creer dónde estaba. Duda volvía de la sala de conferencia de prensa, la MVP del torneo, enorme. Tuve que volver a felicitarla y no pude resistirme, le pedí una foto, casi como todos los que todavía rondábamos por ahí.

Había una periodista española que merodeaba en la zona mixta. Le hice el favor de tomarle fotos con varias de las jugadoras y recién después de un rato de estar hablando en inglés sin saber que ambas hablábamos español, me dijo: “¡¿hablas español?!”. Nos presentamos y fuimos a buscar por el largo pasillo que llevaba a los vestuarios, a la heroína local, a la capitana: Andrea Lekić. Después de esperarla casi una hora, lo conseguimos. Mi colega de San Sebastián se quedó con una remera de la crack de Belgrado y con una frase que seguro le sigue retumbando: “Me acuerdo de ti, Bera Bera”. Nagore (así se llama la periodista) había ido a ver un partido del Vardar de Lekić ante el equipo de Donostia y le pidió una foto en aquel entonces a la genial central. La serbia se acordó de Nagore, que me dijo; “¿Cómo puede ser que se acuerde de mí si ni siquiera estaba rubia como ahora? Es que al final uno se da cuenta de que son humanas”.

Lekić se iba rengueando, una vez más. Cuando le pregunté por su pierna me contestó, con los ojos colmados de lágrimas: “Duele mucho”. Salió al estacionamiento, donde hacía rato esperaba el bus, pero no subió enseguida. Cansada y todo no paró de firmar autógrafos y de sacarse fotos con decenas de personas. Como ya escribió en su blog, con el pasar de los días se dará cuenta de lo que ella y su equipo hicieron por este país. Espero que pronto se puedan encontrar sus camisetas en los negocios. Cuando eso suceda, alguno de todos los amigos que me quedan acá tendrá que mandármela por correo…

Ya me quedo sin fuerzas escribir para el final del post, pero todo se resume en abrazos y lindas palabras de despedida entre los voluntarios y jefes en Kombank Arena. Hubo una breve cena en un local cercano al estadio [probé la pljeskavica (se pronuncia plieskavitsa), una hamburguesa rellena LE-TAL], más abrazos y saludos. Serbia me deja sin palabras, aunque me haya excedido más de la cuenta con este relato. Será difícil repetir algo así, encontrar gente tan buena onda, ver a una Argentina tan fresca y con tanta soltura que nos ilusiona con Toronto 2015 (y de compartir al menos brevemente un mundial con la friend Noelia), conocer estrellas mundiales, volver a ver a casi 20 mil personas en un partido de handball y a Brasil campeón del mundo. Todavía no sé qué será lo próximo, pero ya voy haciendo planes para el próximo diciembre…(actualización 22/12/2014: me quise ir al europeo de Hungría-Croacia, pero lo terminé viendo por internet…). Mientras tanto intentaré terminar de hacer entrar las cosas en la valija; los recuerdos ya los tengo bien guardados en el corazón.

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4 comentarios en “#Celebrar: ¡Brasil campeão!

  1. Oi, boa tarde. Sou Hugo coelho e acabei de descobrir seu blog. Até em arriscaria a escrever este post em espanhol mas passaria vergonha e vejo que você entende portugês rsrs
    Então, tô impressionado com o que você escreveu, uma experiência incrível a qual eu gostaria muito de provar. Vou tentar me organizar para ir ao mundial da Dinamarca também e tentar ser voluntário. Abraços desde Brasil

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    1. Oi Hugo! Obrigada pelo comentario!!! Meu português não é muito bom, mas tenho que praticar para Rio 2016! 😉 Com respeito ao vountariado da copa do mundo da Dinamarca, acho que eles não pedem voluntarios de outros países, eles procuram voluntarios locales 😦 Mas visite a pagina http://www.denmark2015.com para ver si publican alguma coisa em relaçao aos voluntarios! Obrigada mais uma vez por me leer! (?)

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