El 25 de diciembre por la mañana, después de mil quinientas horas de viaje llegué a Buenos Aires. La ciudad de la furia me recibió con una bofetada de realidad. 31°C de temperatura me hacían saber, de manera violenta, que #Serbia2013 ya se había terminado.

Todavía me retumba en la cabeza el “Oooooooh, oooooh, oooooohh” del himno del mundial. Me temo que si después de Sudáfrica y Londres me sigue costando no extrañar, esto va a ser el triple de complicado.

Aquellos que hayan sido tan amables de haberme leído habrán notado que mis relatos intentaban reflejar la emoción que sentí cada uno de los días de este inolvidable viaje. A todo eso, súmenle un poco más. Porque realmente se hace casi imposible reproducir o intentar explicar todo lo vivido. Sólo quienes amen mucho el handball (o cualquier otro deporte amateur) entenderán la situación. El poderío europeo quedó a los pies de la garra y el corazón sudamericano. Brasil se quedó con el título demostrando toda esa raça que las caracteriza y un gran juego colectivo.

Ayer, en mi regreso a la rutina laboral, todas las preguntas apuntaban a mi viaje a un país que ni de casualidad se me hubiera ocurrido vistar como destino turístico y felizmente también recordaban preguntar cómo le había ido a Argentina en el torneo de ese deporte. Nadie recordaba bien cuál era, pero al menos intentaron sonar interesados.

Me costó hacerles entender que el 19º puesto era algo positivo y que el equipo había mostrado una evidente evolución en varios aspectos del juego. “Ah, malísimo, ¿no?”, deslizaron varios. Claro, ¿cómo le explicás a alguien en un país religiosamente futbolero que había que estar contentos con lo que Argentina había demostrado en el torneo, jugándole de igual a igual a potencias como Noruega o España? Imposible.

“¿Brasil campeón? Estos brasileros siempre salen campeones de todo”. ¿Cómo explicarles que hace casi una década a nadie se le hubiera ocurrido que las sudamericanas podían llegar a ser campeonas mundiales? Intentaba no irme por las ramas, pero era evidente que no me salía muy bien. No fue hasta que noté las caras de aburrimiento que me autocensuré para evitar ser tildada de fanática-subnormal. Si es que todavía no lo hicieron…

Mientras escuchaba en Handball de Primera las impresiones de Victoria Crivelli sobre el título obtenido por Brasil no pude evitar que mis ojos se pusieran un poco vidriosos. Como hubiera sido un poco engorroso tener que explicar las lágrimas en el trabajo,  hice fuerza para retenerlas.

“¿Cómo no te vas a poner la camiseta de América si están logrando algo que para todas nosotras es un sueño y es totalmente inalcanzable?”, disparó la central de Ferro y de la selección. “Ellas partieron de lo mismo que nosotras, evidentemente tomaron otro camino, hicieron las cosas de otra manera, pero salieron del mismo lugar que nosotras y hoy están ahí en lo más alto del mundo”. De ahí mi emoción. Inentendible, nuevamente, para quien no conozca del deporte o para quien no pueda terminar de dimensionar el logro.

Me fue imposible, además, no revolver entre las imágenes inolvidables de este mundial y recordar el ambiente en Kombank Arena la tarde de ese domingo, hace apenas cinco días. 19.467 personas rugiendo y alentando por las locales. Todos contra Babi, Fernanda, Duda, Ana Paula, Deonise, Alê y Dara. En mi cabeza me planteaba que semejante concentración de las visitantes sólo se podía conseguir imaginando el estadio vacío; siete contra siete en cancha y nadie más. Y la gran capitana confirmaría mis sospechas declarando en la zona mixta: “Les dije a las chicas en el vestuario: “Imagínense ese gimnasio en silencio y de fondo el himno de Brasil, imagínense eso por un segundo””.

¡Vamos!, ¡¿Cómo no emocionarse escuchando algo semejante?! Quienes hayan visto esa final entenderán de lo que hablo. Un estadio repleto que de a momentos temblaba. Casi 20 mil serbios convencidos de que su aliento sería suficiente para ayudar a su equipo a conseguir una victoria y que terminaron enmudecidos ante la demostración de las sudamericanas. Creo haber mencionado las ganas de ser brasilera por un instante, para poder justificar las lágrimas de emoción. El orgullo que sentí por ese equipo fue enorme, pero en cada felicitación a las jugadoras procuré no subirme a su triunfo. No correspondía. La victoria fue suya solamente y creo que quienes estamos cerquita debemos admirarlo y mirar el camino recorrido por ellas. Aprovechar la cercanía, intentar copiarlas y trabajar duro para que esos sueños que suenan tan lejanos e imposibles ya no lo sean. Thorir Hergeirsson, DT de Noruega, había dicho en la conferencia de prensa después de jugar contra Argentina: “Si ordenan las prioridades y siguen teniendo estos partidos con potencias, no tengo dudas de que este equipo va a mejorar, tienen un gran potencial”. Si, el islandés dijo eso. Raqui y Marisol, presentes en esa sala, pueden dar fe.

Argentina jugando ante España en Zrenjanin.
Argentina jugando ante España en Zrenjanin.

Todo esto me lleva a una cosa: Rio 2016. Recordando el papel de Argentina en este mundial es difícil no ilusionarse y ver el sueño olímpico como un objetivo posible. Es cierto que la reaparición de Cuba nos tiene a todos en vilo, sufriendo de sólo pensar en qué pasaría si esa única plaza vacante no fuera nuestra en una oportunidad casi única; porque el hecho de que las vigentes campeonas mundiales sean locales les asegura un lugar en la competición por eso el sueño es más alcanzable que nunca.

Sólo escribir estas líneas ya me llena de nervios y ansiedad. Y de mucha, mucha ilusión. Falta mucho, pero no tanto. Que Toronto 2015 sea para Argentina lo que Serbia 2013 para Brasil. Siendo realistas, sin compararnos y sin desesperarnos, pero sabiendo que es posible esta vez. Que se empiece a escuchar más de handball por todos lados y que las pibas sean más protagonistas.

Y volviendo al campeón del mundo, sólo puedo decir que no me puedo despegar los tres versos de la estrofa de esa canción que tanto motivó a las brasileras. Un trabajo de la psicóloga Alessandra Dutra que evidentemente ha sido parte importantísima del logro. No, no metió los goles en los momentos clave ni atajó como Babi y Mayssa, pero estoy segura de que fue responsable de haber fortalecido el espíritu y la cabeza del equipo campeón.

“Celebrar!  Como se amanhã o mundo fosse acabar

 Tanta coisa boa a vida tem pra te dar

 O pensamento leve faz a gente mudar”.

Eso fue lo que cantaron las chicas a capella subidas en el podio con la medalla en el cuello y abrazadas. Me fue imposible contener las lágrimas. Sí, soy una flojita, estas cosas dan justo en el corazón. Tanto como ver a una selección argentina plantándosele al bicampeón olímpico. Me llenó de orgullo poder estar presente en esa victoria parcial, que duró unos 20’, sentada al lado de hinchas noruegos. “Dejame festejar que no sé cuánto va a durar”, le dije a la señora que tenía al lado. Ella reía y recuerdo que me dijo: “No lo están haciendo mal, eh. Te felicito”. Como si yo hubiera estado en la cancha. A ella también me costó explicarle que era un logro estar jugándole de esa manera a su selección. La misma ‘Maga’, en otra parte de la nota con Handball de Primera, sostuvo que cumplió un sueño al compartir cancha con Heidi Løke, por ejemplo.

En fin, tantas cosas más podría contar. No faltará oportunidad, pero mientras tanto ya pienso en el próximo desafío de la selección. Será en Santaigo de Chile, en los Juegos Odesur; clasificatorios para Toronto 2015. Ahí empieza el camino a Rio, la ilusión de ser olímpicas por primera vez en la historia. Falta, lo dije, pero ya sueño con un nuevo relato de Monti y Rinaldi llorando a moco tendido. En mi brindis de año nuevo también pensaré en estas cosas. ¡Que sea el inicio de algo imparable!

Tuve que ser un poco medida y no sacar tantas fotos...decí que lo guardo todo en la memoria interna :)
Brasil campeón. Se suponía que no podía sacar fotos desde donde estaba, pero todos estaban un poco tristes como para venir a retarme.
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2 comentarios en “A seguir remándola

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