Fue un viernes, pasado el mediodía. Viernes 29 de mayo de 2010. No me lo olvido más. La autopista Ricchieri explotaba de autos. Todavía faltaban algunos kilómetros para llegar al aeropuerto de Ezeiza y nuestro auto avanzaba a paso de tortuga. La selección argentina de fútbol salía desde del predio de la AFA rumbo hacia el aeropuerto, al igual que yo, que miraba el reloj cada veinte segundos. El caos vehicular se había generado porque la gente se acercaba al predio para despedir el micro que llevaba a los dirigidos por Diego Armando Maradona, que partían hacía Sudáfrica para disputar el Mundial, el primero en tierras africanas, el primero del ‘10’ como técnico, al que se llegó luego de una turbulenta y agónica clasificación.

2010 FIFA World Cup South Africa

¿Y yo para qué iba a Ezeiza? Luego de un par de entrevistas y formalidades logré ser elegida como voluntaria para el mundial. Una locura. Todo había empezado casi un año atrás, en la redacción del diario Olé, donde estaba haciendo una pasantía. Me anoté casi como en broma, hasta que se volvió tan real que ahora me encontraba en el aeropuerto Ministro Pistarini haciendo check-in para un vuelo con destino a Johannesburgo. Era el SAA227 de South African Airways, nueve horas y estaría aterrizando en OR Tambo para vivir algo que seguramente sería inolvidable.

Mi pasaje lo había comprado apenas un mes y medio antes de la fecha de partida. No fue hasta fines de marzo que me confirmaron que efectivamente había quedado seleccionada. La cuenta regresiva hasta ese 29 de mayo se me hizo eterna. Más aún cuando unas semanas antes de viajar me enteré de que la selección argentina viajaría el mismo día que yo. Y si eso me había puesto ansiosa, imagínense lo que fue saber que no sólo viajarían el mismo día, sino que en el MISMO VUELO QUE YO.

Con mi tarjeta de embarque en mano, sentada en uno de los bancos del hall del aeropuerto, veía como gente con camperones de la Selección entraba bolsos y valijas muy grandes con descripciones como ‘vajilla’, ‘dulce de batata’, ‘Carlos Bilardo’. Al mismo tiempo entraban y salían muchos hinchas argentinos, los normales y los no tanto. Entre estos últimos se encontraban los alentadores oficiales, los de la polémica, los de  ‘Hinchadas Unidas Argentinas’. El griterío era increíble, parecía un bar un sábado a la noche. Muchos de los barrabravas (porque eso eran, por más decorativo que fuera el nombre) llevaban ropa de Argentina y alguna que otra prenda que identificaba su equipo, casi todos eran de Boca o River. Despachaban entre su equipaje bombos y redoblantes.

Incrédula acerca de todo lo que estaba pasando y sobre todo de lo que iba a pasar, finalmente me subí las escaleras junto con mi familia (padres, hermana, tíos, primas, vecina, eran varios) y me preparé para la partida. Después de los abrazos y besos con todos, pasé el primer control y pacientemente atravesé el sector de Migraciones. Ya ni me acuerdo cuál era mi puerta de embarque, pero sí recuerdo haber visto el avión desde uno de los pasillos; estacionado frente a la manga, con la bandera sudafricana pintada en la cola.

Yo había elegido asiento al lado de la ventana. Estaba en la última fila de la primera sección detrás de la Primera Clase. Desde donde estaba sentada podía ver cómo a los jugadores de la selección les sellaba el pasaporte un agente de Migraciones que evidentemente había sido llevado especialmente hacia ese sector, apartado de todo, lejos de las puertas de embarque por la que todos habíamos pasado. El avión estaba visiblemente copado por hinchas y varios periodistas argentinos que iban a ver y a cubrir el mundial. Poco a poco empezaron a subir los últimos pasajeros. Primero los sparrings, liderados por  Sergio Batista. Recuerdo que sólo logré reconocer a Rogelio Funes Mori (fue objeto de burlas y aplausos por igual).

Apenas instantes más tarde quienes ocupaban los asientos más cercanos a la primera clase comenzaron a aplaudir enérgicamente. Al asomarme llegué a ver como Higuaín, Palermo, Maxi Rodríguez, Mascherano, Messi y el mismísimo Diego Maradona se acomodaban en sus asientos. La gente gritaba eufórica e incluso el capitán del avión dirigió un caluroso saludo hacia la Selección antes del despegue.

Los barras cantaban canciones de cancha mientras que las azafatas hacían lo posible por pedirles que tomaran asiento. Estoy segura de que más de uno pensaba que viajar en avión era lo mismo que colgarse del furgón del tren Sarmiento. Fue un momento (o varios) de vergüenza ajena. Incluso llegaron a dedicarles algunas frases subidas de tono (en español) a las amables azafatas que solamente hablaban inglés. Luego, durante el vuelo, también se encargarían de pedir whisky y de pasear por los pasillos como si se tratara de un shopping.

Sí debo confesar que hubo un momento de gran emoción durante el carreteo y despegue. Las palabras sobran, así que les dejo el video:

Lindo, ¿no?

De más está aclarar que gran parte de las horas de vuelo estuvieron acompañadas por cánticos tribuneros que hicieron casi imposible dormir, incluso continuaron un rato cuando las luces del avión ya estaban apagadas. Pero qué importaba, ¿no?

A las 8.30am del 29 de mayo el vuelo SAA227 aterrizó en el aeropuerto OR Tambo con toda la delegación argentina, un grupo grande de ‘Hinchadas Unidas Argentinas’, algún que otro turista, periodista, y yo. Un muchacho bastante alto (luego nos diría que su nombre era Lebogang, pero lo llamaban Lebo) con un cartel que llevaba mi nombre nos esperaba a mí y a Leandro, otro de los voluntarios (también de Medios) que había viajado en el mismo vuelo. Nos llevaron en auto hasta el centro de voluntarios y ese mismo día conocería Soccer City y Ellis Park por dentro. Ese día comenzó una de las aventuras más increíbles de mi vida, una que nunca me cansaré de contar.

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