Guardo desde hace un mes la traducción de un texto escrito por la periodista rumana Andreea Giuclea. Traducción que no tendrá la calidad lingüística que podría haberle aportado mi prima Sofía, que es traductora, pero que intenta transmitir todo lo mucho que me transmitió la version en ingles que se publicó en marzo en la revista DoR. Fue tanto el disfrute y la emoción que sentí luego de leer el artículo, que le pedí a su autora la autorización para traducirlo y compartirlo, porque sin miedo a equivocarme les digo que merece ser leído por todos los amantes del handball. Lo guardaba para este momento.

La protagonista es Cristina Neagu. La mejor jugadora del planeta en 2015, ratificada hace unos días por la IHF. El artículo es extenso, pero juro (lo juro) que vale la pena, por eso no quiero extenderme más con el preámbulo. Pónganse cómodos y disfruten conociendo la historia de una chica de Bucarest que no sólo es una máquina dentro del 40×20, sino que también es un ejemplo de superación constante, de resiliencia, perseverancia y de (mucho) amor por el handball.


 

“Una 8 que vale como un 10”

Cómo Cristina Neagu recuperó su lugar en la cima del handball mundial.

El 10 de mayo de 2015, en el Papp Laszlo SportAréna de Budapest, Cristina Neagu y su equipo, el ŽRK Budućnost Podgorica, jugaron su segunda final consecutiva de EHF Champions League. En la transmisión del partido, dos comentaristas de la Federación Europea de Handball (EHF, por sus iniciales en inglés) debatían acerca de los puntos fuertes del equipo montenegrino y de su rival, el Larvik HK noruego, mientras miraban imágenes de ambos equipos llegando al estadio y dirigiéndose hacia los vestuarios. Cuando vieron a Neagu, quien llevaba los auriculares puestos, la mirada fuerte y las cejas crispadas, uno de ellos exclamó: “Es extraño, pero nunca se la ve feliz”.

“Para ponerlo de otro modo”, intercedió el otro comentarista, “siempre parece muy concentrada”.

“Bueno, si, es una forma más simpática de interpretarlo”.

En la siguiente toma se pudo ver a la capitana de Budućnost sonriendo a las cámaras.

“Ahí está Petrović, ella siempre luce feliz, con una gran sonrisa en su cara”.

En medio del alboroto del vestuario, Cristina se sentó y comenzó las preparaciones para el partido, un ritual que le demora unos 20 minutos. Se puso los colores blanco y azul de su equipo, ese en el que actúa como lateral izquierdo desde el otoño de 2013, se vendó los dedos de la mano derecha con la tela adhesiva —el pulgar porque le estuvo doliendo, el índice y anular para protegerse la piel— y se calzó las rodilleras.

Los comentaristas hablaban de los siete goles que la rumana había convertido el día anterior en la semifinal—”estuvo prácticamente imparable”—y de cómo el equipo llegaba a la definición del torneo luego de una temporada imbatible. El último partido que habían perdido había sido justamente en ese mismo escenario, un año atrás, ante el Györi Audi ETO KC de Hungría, en la final de la misma competencia que ahora disputaban. Neagu había sido la máxima anotadora para su equipo en aquella oportunidad, pero eso no había sido suficiente para que se llevaran el título. Aquella era la segunda vez que la rumana perdía una final de la mayor competencia europea a nivel clubes, la primera había sido en 2010, cuando jugaba para el Oltchim Râmnicu Vâlcea rumano. Pero en este 2015 las cosas eran diferentes en todo sentido—hasta el día de la final, Neagu llevaba 99 goles convertidos en todo el torneo; y con su selección, estaba dos partidos de clasificar al mundial de Dinamarca.

En el primer ataque del Budućnost Neagu recibió la pelota desde la izquierda y cuando se preparaba para fintear a su oponente, una mala pisada la hizo resbalar. Cayó sobre el piso azul, gritando de dolor, en apenas 50 segundos del primer tiempo. “Esto puede ser un desastre absoluto”, dijo uno de los comentaristas, mientras Neagu abandonaba la cancha rengueando y ayudada por el equipo médico.

Desde que diferentes lesiones la fueron dejando fuera de las canchas por un total de 26 meses, cada vez que cae al piso uno se pregunta qué tan grave es la lesión y cuánto tiempo le demorará volver al ruedo. En enero del 2013 se rompió el ligamento cruzado anterior de su rodilla izquierda durante un entrenamiento, justo tres meses después de haberse recuperado por completo de la cirugía en su hombro derecho—una cirugía tan complicada que, es sabido, terminó con la carrera de más de un deportista.

Esta vez, en menos de diez minutos, y pese a haberse esguinzado, Neagu estaba de vuelta en cancha con un vendaje en su tobillo. Dragan Adžić, entrenador del Budućnost, cree que aún si la lesión hubiese sido más grave, ella también hubiese saltado de nuevo al 40×20—así de loca estaba por conseguir el título europeo. Convirtió apenas tres goles en la final, suficientes para alcanzar a la croata Andrea Penezić y compartir con ella el título de goleadora del torneo, y los suficientes como para contribuir con la victoria que esperaba desde chica, cuando siendo junior le decía a sus compañeras que un día sería campeona de Europa y que eso sólo sería el comienzo.

Ese título de Champions League fue el primero de la temporada 2015, que terminó siendo la mejor de su carrera hasta ahora. Un mes más tarde fue la goleadora del seleccionado rumano en el doble enfrentamiento ante Serbia, clasificatorio para el mundial; cumplió 27 años el 26 de agosto y en diciembre brilló en Dinamarca, donde convirtió 63 goles y dio asistencias para otros 24 tantos. Fue la goleadora del torneo, nombrada en el equipo ideal como mejor lateral izquierdo y jugadora más valiosa del certamen, en el que Rumania obtuvo la medalla de bronce.

El comentario común tanto de la audiencia del mundial, el de los periodistas en las salas de prensa o en las transmisiones televisivas de los distintos países, era que Neagu era merecedora, más que ninguna otra jugadora, de ser nombrada como Mejor Jugadora del Mundo del año 2015, una distinción que otorga la IHF (International Handball Federation) a comienzo de año, basada en votos de especialistas, periodistas y fans. De ser galardonada, sería la segunda jugadora en ser premiada dos veces*. El primer premio lo obtuvo en 2010, aquel año cayó en la final de la Champions League jugando para el Oltchim, pero consiguió la medalla de bronce en el campeonato europeo con su selección. “Es el momento más lindo de toda mi carrera”, dijo entonces, con 22 años. “Espero que no se termine acá, que siga creciendo como jugadora. Tengo por delante todo el tiempo del mundo, no veo la hora de ver lo que me depara el futuro”.

*Cristina Neagu fue nombrada Mejor Jugadora IHF del año 2015. El anuncio fue hecho por la propia IHF el 9 de junio de 2016. Obtuvo el 50,5% de los votos de los especialistas y el 70,9% de los votos de los fans.

Pero no tuvo mucho tiempo para disfrutar de ese premio: las cirugías la detuvieron—en su hombro y rodilla—y pasó más tiempo en consultorios médicos y clínicas de recuperación que cerca de un área de handball. Había momentos en los que sólo ella creía que podía volver a jugar, y momentos en los que incluso ella dejó de preocuparse por el cuándo, cómo, o si volvería.

Ahora está de nuevo en las canchas, una vez más como la mejor del mundo. Y juega cada partido como si fuese el último — como lo hizo en la final contra Larvik, o como lo hizo también en Dinamarca, aunque su pierna y sus tobillos dolieran, aunque apenas pudiese mover su hombro—porque aprendió qué tan impredecible puede ser el deporte. A principios del año pasado firmó su renovación con Budućnost por una temporada más, rechazando ofertas de otros clubes—algunos de Rumania, con contratos de hasta 250.000 euros por año,  más de lo que gana ahora. Budućnost es el mejor equipo de Montenegro y, por ahora, de Europa*; pero además es el club al que ella dice siempre le estará agradecida, por haberla contratado incluso estando lesionada, y por haberla ayudado a recuperarse y a volver a ser.

*El trono europeo pertenece ahora al CSM Bucuresti de Rumania, que ganó el Final 4 de la Champions League. Budućnost terminó cuarto en la edición 2015/16 de la competición europea.

Para comprender su caída y su regreso a lo más alto, así como su relación con su club, viajé a Montenegro en febrero. Busqué hablar con la gente que rodea al equipo y con ella—aunque sé que normalmente esquiva las entrevistas. Quería verla en acción en un partido que se ha vuelto un clásico europeo —Budućnost vs.Győr. También quería saber cómo se sentía la mejor jugadora del planeta luego de la mejor temporada de su carrera.

Intimidada por su actitud ante los periodistas—siempre parece muy concentrada y seria—me armé con una carta de una de las cientas de niñas que desearían ser como ella cuando crezcan. “Mi mamá me dijo una vez que tú eres la única 8 que vale como un 10”, escribió, en una caligrafía un poco torcida, Teo, una nena de 9 años que juega al handball en Războieni, un pueblo en el centro-oeste de Rumania. “Para mí tú eres la mejor y yo quiero ser como tú. Eso es seguro”.

No se conoce mucho acerca de los comienzos de la carrera de Cristina Neagu, por eso antes de partir hacia Podgorica fui a ver algunas prácticas y partidos de equipos juveniles aquí en Rumania, para entender lo que significa el handball para los más chicos. Me encontré con niñas, de 8 o 9 años: colita de pelo alta, zapatillas deportivas muy coloridas y toallas o botellas de agua que eran casi tan grandes como ellas. Niñas que corren hasta transpirar, que se lanzan de cabeza al piso sin ningún temor y que se ponen ansiosas por lanzar al arco. El handball en este país es muy atractivo, porque es el deporte en equipo que mejores resultados le trajo a Rumania en los últimos años. Una plata mundial en 2005, un bronce europeo en 2010, un oro en el mundial junior de 2014, y un nuevo bronce en el último mundial; además del florecimiento de equipos como el CSM Bucuresti* o HCM Baia Mare, que jugarán cuartos de final de la Champions League. Ahí también es donde estas niñas sueñan con llegar. Algunas incluso van más allá, se imaginan jugando para Budućnost. “No vas a llegar a jugar con Cristina Neagu, lo sabés, ¿no?, ella va a ser vieja para entonces”, se les ríen algunas compañeras.

*campeón del Final 4.

En el campeonato rumano abundan las estrellas mundiales—de Brasil, Francia o Noruega—adoradas por las niñas de las escuelas de Bucarest. Por supuesto ellas también veneran a Neagu, aunque eso se da por sentado, porque creen que ella es perfecta: mete goles desde todos lados, pero también da asistencias, tiene fuerza, y cuando eleva su metro ochenta del piso, lanza la pelota muy por arriba de sus adversarias.

Un día presencié un clásico del campeonato local, donde chicas de entre 14 y 15 años se empujaron y golpearon durante los 60 minutos. El ruido de los tambores y el ensordecedor griterío de los padres invadía la pista. Una de las jugadoras abandonó la cancha con manchas de sangre en su camiseta, otra tuvo una fractura de cráneo, pero ninguna se quejó—¿qué podría ser peor?, ¿una fractura aún mayor?

Aún así, y según declaraciones de los mismos entrenadores, me quedé con la sensación de que las chicas de hoy en día no son como Cristina, que lo dio todo por el handball. “No les sale del alma, de ese fuego interior, no están dispuestas y comprometidas a trabajar duro para llegar a lo más alto”, me dijo la entrenadora de una escuela deportiva que vio crecer a varias jugadoras que luego llegaron a la selección nacional; jugadoras a las que ella dice haberles inculcado el valor de la dedicación. Aún sueña con descubrir a “esa jugadora distinta”.

En la escuela primaria Nº 59, en el barrio de Ghencea, Bucarest, donde Cristina estudió y jugó por primera vez al handball, encontré un gimnasio como muchos otros: espalderas, aros de básquet, tribunas de madera a los costados. Estaba repleto de niños preparándose para una jornada deportiva. Cuando escucharon que estaba escribiendo sobre ella, le preguntaron a su profesora de gimnasia cómo era Cristina en la escuela. Era educada, recuerda Gabriela Constantinescu. Linda, flaquita, usaba el pelo corto, era callada y siempre seria. “Era como si hubiese nacido seria”.

A diferencia de todas esas niñas que ahora sueñan con algún día poder jugar como sus ídolas, Cristina conoció el handball apenas cuando llegó a cuarto grado. Solía correr todo el día en el complejo de edificios de Ghencea, donde creció. Acostumbraba jugar al fútbol, al básquet y a cualquier otro deporte, no era la clase de chica que se quedaba en casa mirando la tele. Ninguno de sus padres—su padre taxista, su madre jubilada—ni hermanas mayores eran deportistas, pero Cristina amaba ejercitarse.

Cuando Maria Covaci, entrenadora de la Escuela de Deportes N°5, visitó el colegio de Cristina para hacer un reclutamiento, enseguida la notó. “Era muy inquieta, era fácil trabajar con ella”, recuerda Covaci. “Era el tipo de chica que tenía mucha facilidad con todos los ejercicios, todo le salía lindo”. Ella cree que pudo haber hecho cualquier deporte que hubiese elegido, por eso tuvo mucho cuidado para no perderla, sobre todo para que no se decantara por el básquet. A Cristina le sorprendía cómo le salían todas las cosas que intentaba en los entrenamientos de handball, por eso nunca dejó de entrenar, porque se divertía. Las prácticas eran en la escuela, a veces comenzaban a las seis de la mañana, otras veces empezaban bien entrada la noche. Solían correr en el Herăstrău Park o alrededor del estadio del Steaua Bucarest, que quedaban cerca del colegio. Los partidos los jugaban en el Floreasca Hall, la sede de la Federación Rumana de Handball y el único lugar en Bucarest donde encontré, pinchadas en un corcho, fotos de ella en su época de junior (la sección de handball de su antiguo club deportivo de la escuela fue cerrada, y no hay ningún cartel o foto en la Escuela 59 que le recuerde a los actuales estudiantes que “una estrella nació allí”, como su profesora de educación física cuenta ahora).

Muy pronto, Cristina comenzó a ganar premios y títulos. Los llevaba a casa y los mostraba a sus padres con alegría y hasta cierta sorpresa. Tanto en los torneos locales como en las competiciones nacionales junior era casi siempre declarada como la jugadora más técnica y muchas veces terminaba como máxima goleadora. Debido a los compromisos deportivos, comenzó a perderse más y más clases en el colegio, pero nunca optó por ir a una escuela deportiva. Iba a la secundaria Girgore Moisil, donde al igual que en la cancha, no se contentaba con promedios bajos. Ella también quería ser buena en los estudios, quería probar que los atletas no son nada tontos.

A la edad de 14 o 15 años, en un campus nacional, conoció a Patricia Vizitiu, quien actualmente juega como lateral derecho en HCM Baia Mare y en la selección rumana, y quien es también su mejor amiga. Cristina (Cris, como la llaman sus amigos) era callada y tímida, y no siempre lograba quedar en la selección junior, mientras que Patricia (Pati) era una joven extrovertida y miembro permanente del seleccionado. Pese a que eran muy diferentes, eran compañeras de cuarto. “Solían designarnos de esa forma”, me contó Vizitiu, “las más loquitas con las más buenitas”. Patricia sabía que ella siempre quedaría en el equipo y era en los partidos donde ella dejaba todo y hasta se “rompía el cuello”. Sin embargo Cristina, que no siempre tenía la certeza de que quedaría seleccionada, se esforzaba mucho durante los entrenamientos.

“Aunque no jugara, se preparaba como si fuera a jugar los Juegos Olímpicos de Beijing 2008”. Vizitiu se acuerda de un entrenamiento con el seleccionado junior en el que les tocó hacer un test de resistencia y vio a Cristina tirándose de cabeza hacia la línea de llegada para llegar primera. Cuando se levantó, sus rodillas sangraban.

Según Vizitiu, su amistad con Cristina comenzó luego de que le preguntara a ella si podía pedirle prestadas sus zapatillas para hacer un viaje breve a Bucarest. Patricia tenía varios pares, pero siempre se los prestaba a otras compañeras, por eso ese día sólo tenía un par de ojotas. Cristina había recibido un par de Adidas de parte de una de sus hermanas mayores y las amaba con locura, al punto de que si tenía que saltar un charco se las sacaba para no ensuciarlas. Pero no lo pensó dos veces y se las prestó. Vizitiu quedó impresionada con aquel gesto, sobre todo porque, a diferencia de otras chicas, Cristina no había nacido en el seno de una familia rica.

Vizitiu recuerda con cariño que luego de aquella demostración de compañerismo se puso como misión hacerse amiga de su trabajadora y talentosa, aunque callada, compañera de cuarto. Ella siempre quiso tener una amiga con la cual crecer a la par y Cristina no parecía tener ni un rastro de maldad. Ese fue uno de los motivos por los cuales, tiempo después, Patricia prefirió dejar el banco de uno de los mejores equipos de Rumania para jugar junto con su amiga en un equipo de menor ránking.

En 2005 y con 17 años, Cristina fue declarada mejor jugadora en el campeonato europeo juvenil en Austria, en el que Rumania terminó en segundo lugar. Las medallas y los títulos seguían llegando: bronce y premio a mejor jugadora del torneo en el campeonato mundial juvenil en Canada en 2006 y bronce en el campeonato europeo junior en Izmir en 2007. Neagu deslumbraba a sus entrenadores con su chispa y su dedicación, y se ganó su lugar a través de una especie de “mezquindad constructiva”, por la forma en la que organizaba el juego, por cómo se adaptaba a los rivales y encontraba soluciones, pero también por sus lanzamientos, que estaban muy por encima del nivel de otras jugadoras de su edad.

Finalmente, viajé a Montenegro tres días antes del encuentro de Champions League del Budućnost ante Györ, que decidiría el liderato del grupo 2 de la Main Round del torneo continental. Podgorica, la capital de un país que es independiente hace apenas diez años—según The New York Times, parecida a Croacia antes de ser cool—, tiene 180 mil habitantes y está rodeada de colinas, que le dieron origen a su nombre (“Bajo la pequeña colina”). Los edificios de departamentos son tan grises y fríos como los que dejó el paso del comunismo en Rumania, aunque un poco más descoloridos y llenos de arreglos improvisados. Los locales me dieron la bienvenida bajo sus sombrillas y me contaron que Budućnost es el orgullo de la ciudad y el equipo deportivo más exitoso de todos los países de la antigua Yugoslavia. Casi todos habían escuchado acerca de Neagu, así fueran fanáticos del equipo, seguidores de handball masculino solamente o incluso si no eran muy adeptos a los deportes. Me decían que pensaban que ella era hermosa, que parecía ser una buena persona, un ser humano normal—es por eso que los montenegrinos la recibieron tan bien.

Los mismos comentarios me llegaron de parte de Nemanja Savic, un periodista serbio con quien pude hablar antes de llegar a Podgorica. Los montenegrinos son más tercos, más decididos y tienen más espíritu luchador que los serbios, “así que nunca vas a oírlos hablar de derrotas”. Me dijo que el técnico, Dragan Adžić, no suele llevar al equipo grandes estrellas, sino jugadoras que se adecúen más al estilo de juego del plantel. Prefiere tener luchadoras y no divas. Por eso Cristina encajó tan bien. “Ella se convirtió casi en una jugadora local, sobre todo desde que comenzó a hablar el idioma. Los seguidores del equipo la aman. Es imposible no tenerle respeto a una jugadora que pelea por su equipo tal como ella lo hace”.

A medida que me acercaba al Morača Sports Centre — el estadio del Budućnost—y al día del partido, las respuestas que iba recibiendo eran más y más contundentes: “Ella es nuestra mejor jugadora”, “¡ella es Dios!”. Los aficionados que no hablaban inglés—que eran muchos—me hacían gestos con los pulgares levantados y decían, “¡Top, top!”.

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Neagu volando. Foto: Facebook

En 2006, a los 18 años, Cristina comenzó a jugar con el Rulmentul Brașov, donde la entrenadora Mariana Tîrcă (nombrada en el top 5 de las mejores jugadoras del siglo XX) gradualmente la llevó hasta el primer equipo. “Era una niña que había llegado a un equipo mayor”, recuerda la ex jugadora Nicoleta Alexandrescu. Pero aquella niña logró ganarse su lugar y no sólo se aseguró la titularidad, sino que se volvió indispensable para el equipo: “Todos esperaban que Cristina tomara los lanzamientos”. Ella y Vizitiu llevaron al Rulmentul al subcampeonato nacional en dos temporadas consecutivas. En 2008, también jugó la final de la Cup Winners’ Cup, la segunda competición más importante de Europa, en la que fue la máxima goleadora.

Un año más tarde, y luego de jugar no recibir su sueldo durante nueve meses, Neagu y Vizitiu solicitaron a la federación rumana que les permitieran rescindir el contrato y ambas consiguieron ser transferidas al Oltchim Vâlcea, el mejor club de Rumania. Muchas de sus nuevas compañeras ya eran caras conocidas ya que eran también parte del seleccionado nacional; en Vâlcea estaba la crema del handball rumano, por lo que la adaptación fue rápida. Fue en ese año cuando Neagu fue nombrada como mejor jugadora joven del mundo. Pero el año en el que realmente se convirtió en estrella, el año en el que la prensa rumana comenzó a llamarla “la Messi del handball” y la gente comenzó a reconocerla en las calles, fue el 2010. En aquel año jugó la final de la Champions League con el Oltchim, torneo en el cual convirtió 53 goles y dio 36 asistencias—más que cualquier otra jugadora.

Lo que muchos no sabían era que aquel 2010 también había sido el año más doloroso de su carrera. Muchos se enteraron de aquello poco después de que ella fuera declarada mejor jugadora del mundo cuando, repentinamente, dejó de jugar. Su hombro derecho, que sufría sacudidas cada vez que realizaba un lanzamiento, le dolía demasiado. Pero los dolores no habían comenzado en ese momento, sino años atrás, en la época en la que jugaba una gran cantidad de partidos tanto para Brașov como para las selecciones junior y adulta. Durante mucho tiempo jugó soportando los dolores, con los dientes apretados, como tantos otros jugadores lo hacen, porque nadie sabía decirle cuál era el problema con su hombro: médicos de Rumania, Francia, Bélgica y Dinamarca dudaban entre una lesión en los tendones o en el aparato ligamentoso. Vizitiu la admiraba desde chica, porque nunca se guardaba nada ni se tomaba las cosas a la ligera, ni en los entrenamientos ni en los partidos. Ambas jugaban lesionadas, con inyecciones, con infiltraciones, tomando analgésicos; pero Cristina jugaba cada uno de los sesenta minutos de todos los partidos. (“Así es cuando eres joven, no piensas tanto y pones más corazón en ello”, me confesaría más tarde).

“Voy a hacer lo que sea—aunque me rompa, volveré con una medalla”, le dijo a su ex entrenadora Maria Covaci en 2010, antes de irse al mundial, durante el cual tomó analgésicos todos los días. “Dame algo para que pueda jugar”, solía decirle al médico del equipo. Vizitiu, que es zurda, le decía: “te voy a dar mi brazo derecho, yo no lo necesito”.

El ahora médico del seleccionado rumano, Florin Oancea, cree que alguien debió haberla detenido a tiempo, así podría haber evitado la cirugía. “Nadie hizo eso por ella, alguien le tendría que haber dicho ‘suficiente, frena esto ahora mismo y ve a ver cuál es el problema con tu hombro’”. Oancea confiesa que ese alguien pudo haber sido él. Ella era chica y él era médico del Rulmentul, y luego lo fue del Oltchim. Y aunque él mismo la acompañó incluso a ver médicos extranjeros, nunca supo cómo ayudarla. En la vorágine del 2009 y 2010, todos se dejaron llevar, incluida ella, que habría hecho cualquier cosa para poder jugar.

El febrero del 2011, la danesa Anja Andersen, una de las mejores jugadoras de la década del ‘90, tomó la conducción del Oltchim. La ahora entrenadora ya había intentado llevar a Cristina al FCK Copehnagen, porque había visto en la rumana la misma pasión por el juego que ella había sentido hasta el momento de su retiro forzado, a los 30 años, debido a una condición cardíaca. Oltchim tenía a varias jugadoras exhaustas y otras que jugaban acarreando lesiones, pero cuando Andersen vio el dolor por el cual su lateral izquierda estaba pasando—no podía cambiarse la camiseta o atarse el pelo—le preguntó qué opinaba acerca de la idea de dejar de jugar por un tiempo. Neagu no estaba preparada para eso, pero hicieron un trato: no lanzaría al arco en los siguientes dos partidos de Champions League, sólo haría pases y jugaría en defensa. En el primer partido, sin embargo, lanzó una vez. Cuando la entrenadora danesa la sentó en el banco y le preguntó por qué lo había hecho, ella contestó que había sentido que sus compañeras de equipo esperaban que así lo hiciera. Desde el banco, vio que a su equipo le iba bien e incluso ganaba, mientras que sus hombros tenían un merecido descanso. Luego de un partido más, aceptó permanecer en el banco.

Andersen me contó que mucha gente la culpó por no haberla hecho jugar, pero ella admiraba el coraje que había tenido su jugadora por haber escuchado a su cuerpo por primera vez.

La misma Cristina sentía que no podía continuar de esa manera—no era bueno para ella, ni para su equipo. No podía entrenar normalmente, no estaba en su plenitud en los partidos y los equipos rivales comenzaron a notar que tenía un problema. Andersen la acompañó a ver a un médico en Dinamarca, quien le sugirió operarse. Neagu había escuchado acerca de otros jugadores de handball que no habían vuelto a ser los mismos luego de la cirugía, como Simona Gogîrlă, que había dicho que la fuerza de su lanzamiento había disminuido hasta un 25%; o Gabriela Rotiș-Nagy, que aún luego de ocho meses de haber sido operada, todavía sentía dolor. Ella prefirió no pasar por el quirófano y en cambio eligió hacer un tratamiento alternativo. Vizitiu dijo que en ese entonces Cristina usaba tantas cremas que el olor en la habitación se había vuelto insoportable.

Andersen la mantuvo en el banco y como consecuencia, tanto ella como el equipo sufrieron: la danesa fue despedida de su puesto luego de apenas un mes y cuatro días en el cargo. Había ganado dos partidos y perdido dos, y eso era insuficiente para el Oltchim. La dirigencia del club, que estaba disconforme con la ausencia de su mejor jugadora justo en la mitad de una temporada en la que no estaban del todo bien, comenzó a consultarle si volvería a jugar. Mientras tanto la prensa escribía que ella prefería quedarse en el banco porque de todos modos recibía un buen sueldo—150 mil euros al año. “Tener una jugadora como Neagu y no poder contar con ella es una pérdida para el equipo”, me dijo el ex presidente del club, Petre Berbecaru. “Antes también sufría los dolores, pero igual cumplía con su trabajo”, se lamentó Radu Voina, el entrenador que reemplazó a Andersen. Y él no era la única voz que le reclamaba que volviera a jugar.

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Ante Dinamarca en el preolímpico de marzo. Rumania clasificó a Rio 2016. Foto: Facebook

Pero Cristina se negaba a volver a las canchas. Antes de Andersen, nunca nadie la había hecho detenerse, y comenzaba a darse cuenta de que si quería seguir jugando debía escuchar a su cuerpo, aunque sintiera que estaba decepcionando a su equipo al no hacerlo. “He evolucionado en muchos niveles, todos ellos intensos”, dijo en aquel entonces. “Nunca pensé en mí, pero ahora es tiempo de hacerlo”.

Ella seguía esperando poder evitar la cirugía. Por recomendación de su compatriota Ion Țiriac, asistió a una clínica de terapia de acupresión en Austria y durante dos meses no se entrenó, pero fue en vano—cuando volvió a lanzar, el dolor era el mismo de siempre. Mientras tanto, Oltchim se quedaba afuera de las semifinales de la Champions League luego de una humillante eliminación por 11 goles de diferencia a manos del Budućnost.

Fue también Țiriac quien en junio le comentó acerca de un médico en Nueva York que había operado del hombro a la tenista rusa Maria Sharapova, quien se había recuperado bien. Cristina solicitó una visa de emergencia para viajar a Estados Unidos y fue a visitarlo. Desde aquella ciudad se puso en contacto con Andersen, con quien mantenía una relación cercana, para contarle que había encontrado una solución. Cuando se enteró de que estaba sola, la danesa, que se encontraba en Boston, viajó para hacerle compañía—ella también había sido operada del hombro y sabía que sería duro para Cristina arreglárselas sola en los días siguientes a la intervención.

“Creo que esto es algo más complicado”, dijo el médico, que trabajaba con equipos de béisbol y básquet y era cirujano en uno de los mejores hospitales ortopédicos del mundo. Le hizo una tomografía computada y le explicó lo que había descubierto: un agujero en el cartílago, algo frecuente en jugadores de béisbol, posiblemente producto de un estiramiento durante el período de crecimiento. Él recomendó la cirugía, una reconstrucción regeneradora del cartílago en la que se realizan pequeños agujeros en el hueso (microfracturas) para que las células de la médula ósea se oxigenen y, con el tiempo, rellenen el agujero con tejido nuevo.

Las lesiones en el hombro no son nada sencillas de tratar y habitualmente no se recuperan con tanta facilidad debido a que se trata de la articulación más móvil e inestable del cuerpo. “Cristina está mal aconsejada y existe el riesgo de que no vuelva a jugar al handball nunca más”, dijo Voina en aquel momento. “Si finalmente se opera no creo que vuelva a ser lo que alguna vez fue”. El médico estadounidense le dijo que la recuperación le demoraría por lo menos un año. “Es tu decisión”, le dijo Andersen en Nueva York. Cristina llamó a casa, habló con su familia y amigos y decidió hacerlo. Sentía que estaba en una situación desesperante y que no tenía otra alternativa. Tenía 22 años y quería jugar al handball.

Cristina no había pensando en ningún momento en que no volvería a ser la misma. Ni siquiera cuando necesitó ayuda para comer o vestirse, ni cuando tuvo que aprender a hacer muchas cosas con su mano izquierda. Se realizaba chequeos cada dos meses; pero el progreso era lento, tanto que el médico le aclaró que no tenía sentido que se hiciera una resonancia o tomografía cada vez que lo visitara, sobre todo porque eran particularmente caras—cada una tenía un monto cercano a los 2.500 dólares. Ella pagó parte de su recuperación, pero consideraba esos gastos como una inversión a futuro. El club también contribuyó.

El Oltchim se preparaba para una nueva temporada en la que defendería el título de campeón nacional, pero le faltaba su mejor jugadora y su principal patrocinador—la química Oltchim había anunciado que no sabía por cuánto tiempo más podría seguir patrocinando al equipo. Mientras tanto, Cristina se entrenaba como si fuera a jugar cada partido. Pasaba de cuatro a cinco horas en el gimnasio del Traian Sports Hall en Vâlcea, donde trabajaba mucho para fortalecer sus piernas y realizaba trabajos más livianos para su hombro. Cuando comenzó a correr y recuperó totalmente la movilidad en su hombro, iba a la cancha y pedía a los empleados del estadio que dejaran por lo menos una luz encendida para poder ver el arco (al que por el momento no le acertaba). Si la buscabas por la mañana, estaba en la cancha; si la llamabas por la noche, aún estaba ahí, recuerda Cristina Vărzaru, ex capitana de la selección nacional y amiga cercana.

“¿Acaso estás loca? Estás mal, todavía tienes todo un año para recuperarte, ¿qué crees que estás haciendo?”, le preguntaban sus compañeras. “Pasas todo el día en el gimnasio, no es normal, ¿qué haces todo el día ahí?”, le decía Vizitiu, quien trataba de convencerla para que fueran de compras y cediera con tanta exigencia, aunque sin éxito.

“No sé cuánto me va a demorar”. Esa era la respuesta de Cristina cada vez que hacían la misma insistente pregunta, desde dirigentes y periodistas, hasta aficionados. “La gente debería preguntarse primero cómo estoy física y mentalmente, soy un ser humano, no quiero que me vean como una máquina de jugar handball”.

Durante sus casi 20 meses de ausencia en las canchas—desde febrero de 2011 hasta el otoño de 2012—el Oltchim se quedó afuera de la final de la Champions League por cuatro goles, en mayo de 2012, y Rumania finalizó 13º en el mundial de Brasil 2011 (el segundo peor resultado en 60 años) y no logró la clasificación a los Juegos Olímpicos de Londres 2012.

Nueve meses después de la cirugía volvió a lanzar. Fue con las dos manos y lo hizo contra un tablero, en el que la pelota le rebotaba, pero ella estaba feliz. La noche anterior al primer entrenamiento con su equipo, en septiembre de 2012, no pudo dormir. Se preguntaba millones de cosas: si volvería a ser la misma, si cometería muchos errores, pensaba en cómo reaccionarían sus compañeras. La presión era grande. El Oltchim había pasado un verano turbulento. La química que era el principal sponsor del equipo ya no podía afrontar los gastos que implicaban el patrocinio, de modo que el club se las arregló para conseguir un contrato por una temporada con OMV Petrom, que contribuiría con una buena suma de dinero, suficiente para que las jugadoras recibieran su sueldo. Mientras tanto, el danés Jakob Vestergaard, que había llegado al club en reemplazo de Voina, le decía a Cristina que no veía la hora de que los médicos le dieran el alta.

“Bienvenida”, le dijo en su primer entrenamiento. “Eres la misma de siempre”.

El 10 de octubre de 2012 jugó su primer partido, fueron apenas cinco minutos ante el Brașov en condición de visitante y en ese tiempo hizo apenas un lanzamiento que transformó en gol desde la línea de los 7 metros. Pero tanto ella como los aficionados esperaban por el partido de Champions League del que se jugaría cuatro días más tarde y en el que serían locales ante el Hypo austríaco. El público había coreado su nombre en cada partido que ella había visto desde las tribunas y ahora la recibían con un cartel que decía: “20 meses de dolor, ahora regresas para reinar”. A los 19 minutos Vestergaard la llamó para que saltara a la cancha. Ella se puso de pie, se sacó la campera azul que llevaba puesta y se acercó a la zona de cambios.

“Damas y caballeros, con la número 8, Cristina Neagu”, dijo la voz del estadio, y el público se desahogó con una ovación que ella nunca olvidará, un rugido que le hizo temblar las piernas—un grito como esos de los que lanzan los hinchas del fútbol italiano cuando ven entrar a su jugador favorito, según recuerda un aficionado.

Aquel día jugó por 31 minutos, marcó tres goles y Oltchim ganó por 30-25. Cuando terminó el partido, el equipo se acercó a las gradas para saludar a sus aficionados y cuando las jugadoras ya se dirigían hacia los vestuarios el estadio comenzó a corear su nombre. “¡Cris-ti-na Nea-gu! ¡Cris-ti-na Nea-gu!” — cantaban como en un estadio de fútbol, entre el sonido de los tambores. Ella volvió a la pista, corrió hacia la tribuna, aplaudió a los aficionados, se arrodilló en el piso azul e hizo una reverencia con los brazos abiertos.

“¿Qué haces? ¡Ponte de pie!”, le gritó alguien desde la tribuna. Más atrás, otro exclamó exultante: “¡Nuestra ídola está de regreso!”

“Creo que ya puedes volver a ser Cristina Neagu”, le dijo Vestergaard a comienzos del 2013. El equipo se preparaba para su primer partido como locales en la Main Round de la Champions League, luego de haber ganado todos los encuentros durante el otoño. Cristina había marcado goles en todos ellos.

En la mañana del domingo 28 de enero de 2013, durante el entrenamiento en el gimnasio, le comentó a una de sus compañeras que se sentía tan bien físicamente que si empujaba una pared, podría derribarla. Pero esa misma tarde durante el entrenamiento en cancha, mientras perseguía a la extremo Ada Nechita, saltó para atrapar la pelota y cuando cayó, su rodilla quedó debajo de su cuerpo.

Rodó por el piso gritando, tan fuerte que asustó a todo el equipo. “‘¡¿Qué pasó, Cris?!”, le preguntó Paula Ungureanu desde el arco. “¡Se me salió la rodilla, se me salió la rodilla!”, gritaba entre lágrimas. Los médicos la sacaron de la cancha, le dieron unos analgésicos para el dolor y le envolvieron la rodilla en una venda que se dejó puesta hasta el día siguiente, cuando viajó a Bucarest para someterse a una resonancia magnética. Antes de ir al hospital, Cristina fue a su casa para una visita rápida a su familia. Llegó en muletas y con una rodillera con refuerzos que había pedido prestada a una de sus compañeras; y su madre, que la vio llegar desde el balcón, se echó a llorar. “Suficiente, necesito gente fuerte”, le dijo a sus padres al entrar a la casa.

Cuando llegó al hospital y le quitaron el vendaje vio lo hinchada que estaba su rodilla y supo que se había roto los ligamentos. Volvió a Vâlcea y durante las dos semanas previas a la cirugía, se la pasó llorando. No iba a la cancha ni miraba los partidos. Se preguntaba por qué le seguían pasando estas cosas—justo a ella, que amaba tanto jugar, que tanto amaba a este deporte, que había trabajado tan duro en los últimos meses. ¿Por qué, después de los graves problemas con su hombro ahora también se lesionaba la rodilla?

Luego de la cirugía, que le fue realizada en Bélgica a fines de febrero, no pudo comer, dormir, y por un tiempo, incluso dejó de preocuparse por todo. Pasó todo el primer mes en su casa en Bucarest. Su madre lloraba cada vez que la veía caminar hacia su habitación, o cuando escuchaba en la tele cómo la prensa anunciaba el fin de la carrera de su hija. Hacía ejercicios de rehabilitación durante cinco o seis horas al día de forma mecánica. Su fisioterapeuta recuerda que estaba muy frustrada, sobre todo cuando veía que otros pacientes doblaban la rodilla mucho más que ella.

Esa temporada, su ausencia pesó mucho más que la primera vez para el Oltchim, recuerda el ex presidente Berbecaru. “Con ella en cancha, habríamos llegado a la final de la Champions League. Incluso podríamos haberla ganado y quizás el club no habría desaparecido en aquel entonces”. En el verano del 2013, el club más exitoso de Rumania se desbandó y “las Galácticas”, como se las llamaba a las jugadoras del Oltchim, se dispersaron en distintas direcciones. A Cristina, que aún no se había recuperado de la cirugía, le dijeron, al igual que al resto de sus compañeras, que debía buscarse un nuevo club.

Luego del campeonato mundial de Dinamarca, Cristina volvió a los entrenamientos en Montenegro más cansada que nunca. Además de los problemas con su hombro, rodilla y tobillos, que reaparecieron debido al exceso de tensión, también tenía dolores musculares. En el primer partido la Main Round de la Champions League, en el que Budućnost fue visitante ante Győr, sintió que su cuerpo ya no le respondía como antes. Aquella significó la primera derrota del equipo en Europa en los últimos 20 meses y ella decidió hablar con los directivos del club para que le permitieran hacer una pausa. El permiso le fue concedido y cesó todo tipo de entrenamientos durante dos semanas.

Para el entrenador Dragan Adžić y la directora deportiva del club Bojana Popović (para muchos es la mejor jugadora de handball de la historia, además de ídola nacional en Montenegro) la salud y bienestar de las jugadoras son una de las cosas más importantes. Transferir a Neagu aquel verano del 2013, cuando aún no se encontraba rehabilitada de su cirugía de ligamentos, fue un gran riesgo, según me explicó Popović luego de uno de los entrenamientos, mientras las jugadoras estiraban y hacían ejercicios de recuperación. Pero el club estaba dispuesto a esperarla.

Por el rabillo del ojo pude ver a Cristina realizando lo que parecía un ritual diario: despegó la cinta blanca que envolvía sus largos y esbeltos dedos, con una tijera cortó aquellos retazos de cinta que cubrían sus tobillos; estiró sus brazos y piernas, los masajeó con un rodillo; tomó un puñado de hielos de una heladera, los puso en una bolsa de plástico y los metió por debajo de su camiseta y sobre su hombro derecho. “Ya no recuerdo lo que era entrenar sin tantos vendajes o llegar a la cancha y estar lista para entrenar en cinco minutos”, me diría más tarde.

Cuando le pidió a su representante que le ayudara a buscar un club que tuviera participación en la Champions League, recuerda haber pensado: “La gente tiene que saber que todavía existo, aunque no haya jugado en los últimos tres años”. Por su parte, el presidente de Budućnost, club al que Neagu había rechazado en el pasado para seguir jugando en su país para el Oltchim, decía: “Nosotros siempre querremos a Cristina”.

A mediados de junio, cuando fue a conocer a su nuevo equipo, su pierna se veía mucho peor de lo que se esperaba. Habían pasado cuatro meses desde la cirugía y no solo no había vuelto a jugar, sino que si permanecía sentada por más de una hora, se levantaba con renguera. Cuando la gente del club le dijo que sólo necesitaban que estuviera en forma para enero, cuando comenzaba la Main Round de la Champions League, y que por el momento sólo debía enfocarse en su recuperación, no lo podía creer. “Están locos, ¿cómo puedo estar fuera de las canchas por seis meses más?”, pensaba.

Las risas y la música que vienen desde la cancha nos invaden mientras Popović me cuenta que, en un principio, pensaba que Cristina era bastante distante y poco amigable—como muchos de sus entrenadores y compañeras de equipo la han descrito. “En parte es por culpa mía también, por mi actitud”, me contaría luego la propia Cristina, “y probablemente a la gente le cueste acercarse a mi. Si no estás dispuesto a conocerme mejor, es muy fácil etiquetarme”. Apenas llegó, no sólo no hablaba el idioma, sino que tampoco entrenaba en cancha con sus compañeras—se la pasaba en el gimnasio o a un costado de la cancha. Ni siquiera intentaba comunicarse mucho, después de todo pensaba que no iba pasar mucho tiempo allí—quizás un año, hasta que se recuperara bien y consiguiera un mejor contrato.

Sin embargo, después del primer entrenamiento, sintió como si hubiese jugado en el equipo por diez años. Después de tres meses de esa primera práctica le dijo a su representante que quería quedarse. Sus compañeras—muchas de ellas montenegrinas, serbias y croatas—estaban acostumbradas a ayudar a las jugadoras extranjeras a adaptarse al equipo, y en el caso de Cristina, sabían que era importante que se adaptara lo antes posible. La ayudaban traduciendo las indicaciones de Adžić (que no habla inglés) y para la segunda parte de la temporada, Cristina ya podía entenderlo.

Aunque muchos esperaban su regreso para enero del 2014, jugó su primer partido a comienzos de octubre del 2013. Marcó cuatro goles y dio cuatro asistencias. Durante la temporada de Champions League que acababa de comenzar, marcó un total de 64 goles. Además, retornó al seleccionado rumano en diciembre de 2013 para el mundial de Serbia, en el cual convirtió 29 tantos, hasta que Rumania fue eliminada en octavos de final. A comienzos del 2015 la IHF la declaró como la segunda mejor jugadora del mundo, detrás de la brasileña Eduarda Amorim (el anuncio correspondía a la temporada 2014).

Saša Jončić es un periodista local que me contó toda la historia del club; en varias oportunidades durante el partido que el Buducnost jugó en febrero ante Győr, me buscó con la mirada cómplice, como si estuviéramos compartiendo un gran secreto. No se necesita ser un entendido del handball para darse cuenta de que lo que hace Neagu en cancha es impresionante. Te deja sin palabras, y te quedas tratando de entender cómo es que logra quedarse suspendida en el aire por tanto tiempo, de dónde saca tanta fuerza en cada lanzamiento (llegan a alcanzar los 100 km/h), o cómo se impulsa para atravesar o saltar por encima de las paredes de oponentes que constantemente la empujan o toman de su camiseta. Las reacciones del público también denotan que hay algo especial en ella: arqueras que caen abatidas y quedan desparramadas por el piso, entrenadores que se agarran la cabeza incrédulos, compañeras de equipo que aplauden llenas de admiración.

Luego de haber analizado su partido con especialistas del handball, entendí que lo que la hace la mejor jugadora del mundo no son sólo sus goles, por más espectaculares que sean. Son también su capacidad de iniciar y generar situaciones de gol, de crear oportunidades de lanzamientos, de analizar y decidir, a último momento, a dónde enviar la pelota—hacia el arco o hacia alguna compañera mejor posicionada. El cómo siente y entiende el juego y sus transiciones, la pelota y la cancha, esas cosas que no sólo se entrenan, sino que son innatas. El entrenamiento sólo ayuda a perfeccionarlas, dice Adžić, quien cree que Neagu también mejoró mucho su faceta defensiva desde su llegada a Montenegro. Es la velocidad en la que cambia de ritmo y dirección, una característica rara en el handball femenino, lo que la hace diferente. Algunos dicen que su estilo de juego es como el de un hombre, porque no tiene miedo al contacto y a las batallas.

Cristina Vărzaru explica que jugando con ella te sientes segura: “La forma en la que te pasa la pelota también influye en tu moral”. Otra de sus compañeras de la selección agrega: “Si ella te dice ‘tienes que hacer un paso hacia allá’ y a ti te parece ridículo, después de que lo haces te das cuenta de que cambia todo”. “Extraño jugar con ella”, coincide Vizitiu, quien también agrega que todo es fácil teniendo a Neagu en la cancha porque logra que las rivales la sigan, creando espacio para sus compañeras. Ella entiende el handball de manera integral y siempre toma las decisiones correctas, como me dijo el sueco Tomas Ryde, actual técnico de la selección rumana, durante el mundial de Dinamarca. Él dice que es muy fácil conversar acerca de los planes tácticos y esquemas de juego con ella. “Sabe mucho sobre handball, piensa mucho acerca de las jugadas y quiere estar en control de las situaciones. Ella lidera al equipo, reta a sus compañeras, las empuja hacia adelante, las exige, a veces demasiado”.

Neagu suele hablar mucho acerca de la importancia del trabajo en equipo. No lo hace porque prefiere permanecer con un perfil bajo, sino porque sabe que se necesita ser parte de un buen equipo para llegar a ser la mejor. Es algo que sus técnicos extranjeros parecen haber entendido: ella no puede ganar partidos sola, y tampoco debe esperarse eso de ella. Su rol sigue siendo esencial, según coincidieron Popović, Adžić y Ryde; pero el equipo puede ayudarla, a compartir la carga y la presión, a bloquear oponentes, y cuando fuera necesario a jugar y ganar partidos cuando tiene un mal día o cuando ni siquiera pisa la cancha. Sin embargo eso no siempre sucedió en Rumania, donde sus entrenadores y dirigentes esperaban que jugara los 60 minutos, que se hiciera cargo del último lanzamiento, que se recuperara para ayudar al equipo o que jugara lesionada si fuera necesario. Quizás sea por eso que ella siempre sostuvo que los técnicos extranjeros tenían formas distintas de trabajar que las de los rumanos, una declaración por la cual fue criticada recientemente por el ex entrenador del seleccionado, Gheorge Tadici, quien fue quien la convocó por primera vez al seleccionado adulto: “Ella se olvida de sus inicios y ataca a los entrenadores rumanos cada vez que puede. Como si hubiese aprendido a jugar en el patio de su casa”.

El que la descubrió, el que perfeccionó sus habilidades, el que la lanzó al estrellato, el que logró sacar lo mejor de ella—esos son los ‘trofeos’ que varios entrenadores y mentores de Cristina Neagu se disputan, todos sienten la necesidad de sentirse en parte responsables por el gran talento que posee. “Muchos alardean acerca de cómo la formaron, cuando en realidad deberían estar agradecidos de haber sido contemporáneos a ella”, dijo Cristian Gațu, ex presidente de la Federación Rumana de Handball, quien aseguró que cuando se retire, Neagu quedará en la historia como la mejor jugadora rumana de todos los tiempos.

La fuerte personalidad de Cristina no es del agrado de todos. Además, a diferencia de otras jugadoras, ella siempre habla cuando realmente tiene algo para decir. “Vergüenza por todos los que nos criticaron”, declaró luego de la victoria de Rumania ante Dinamarca en los cuartos de final del mundial disputado en aquel país escandinavo. En su regreso a Rumania, continuó con declaraciones de esa tónica en una entrevista con la agencia Mediafax: “Somos totalmente conscientes de lo que escribe la gente cuando jugamos mal, lo que no puedo tolerar es que hablen mal acerca de nosotras y del equipo nacional cuando yo sé lo duro que trabajamos. Y en cuanto a los dichos del señor Tadici, que dijo que yo atacaba a los técnicos rumanos, me gustaría preguntarle cómo alguien que trata a miembros de la selección con tanta displicencia puede opinar acerca de la educación de otros”.

Otros ex entrenadores también han padecido su franqueza. Uno de ellos fue Voina, quien creía que era muy fácil trabajar con ella—porque era una atleta excepcional—pero a la vez difícil debido a que nunca dejaba de preguntar y demandar explicaciones. Sus compañeras también lo han experimentan a diario; con sus gestos y ceños fruncidos cuando algo no le cierra. Lo mismo ocurre con los periodistas, a quienes les cuesta mucho acercarse a ella y entenderla. Algunos incluso la tildan de arrogante. Cuando tenía 22 años, y militaba en el Vâlcea, no tuvo ningún reparo en decir en un show televisivo, ante la pregunta de un periodista: “Si supiera lo que los aficionados opinan ahora mismo, te lo diría”. En más de una ocasión ha entrado en la sala de conferencias advirtiendo que estaba apurada y que no tenía mucho tiempo para hablar. Sin ir más lejos, durante el último mundial, miró a un periodista a los ojos y ante un nuevo interrogante le recordó en inglés: “Dijiste que era la última pregunta”.

Es que ella cree que es importante llamar las cosas por su nombre. Al doctor Oancea le dijo que quizás se equivocó acerca de su lesión de hombro (aunque aún confía en él porque sabe que intentó buscar soluciones para sus dolencias); a su amiga Vizitiu le dijo en su momento que creía que no estaba tomando buenas decisiones sobre su carrera, y también le fue franca cuando le confesó que creía que estaba sintiendo lástima de sí misma. “Soy una persona franca, no quiero ser o mostrar algo que no soy”, me dijo después del partido ante Győr.

“Por supuesto no debemos culparla por eso”, aclaró Vărzaru, “porque así es como son los ganadores, y esa es la clase de persona que necesitás tener al lado cuando realmente querés ganar”.

En Budućnost ella puede ser esa ganadora, sin sentir la presión de tener que ser ella la que salve al equipo partido tras partido. El equipo tiene un estilo de juego sólido y Neagu está rodeada de unas de las mejores jugadoras del mundo, por lo que puede permitirse relajarse un poco mientras que la fatiga post-mundial (y posiblemente la tensión por la demora en el anuncio de la IHF a la mejor jugadora del 2015) se disipa. Ella juega, anota, pero es discreta. Así es como fue su actuación durante el partido ante Győr, partido que su equipo ganó pero en el que ella sólo convirtió dos goles. Se enojó cuando falló sus lanzamientos o cuando fueron bloqueados, pero fue determinante en cada uno de los ataques en los que participó mientras estuvo en cancha.

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Cvijic, Neagu, Mehmedovic (tapada) y Petrovic, ya consagradas campeonas de Europa. Foto: Facebook

Luego del partido, Cristina fue a atenderse con el fisioterapeuta, y yo la esperé en la puerta de un restaurante cuyas sillas estaban vestidas con una tela color beige y adornadas con unos moños por detrás, como esas que se arreglan para las fiestas de casamiento. El restaurante está detrás del estadio, el Morača Hall, justo a un lado de la salida de los vestuarios, donde una veintena de niños esperaban para conseguir fotos y autógrafos de las jugadoras. Muchas ya habían dejado el estadio, pero ellos no se movían del lugar. Les pregunté a quién esperaban y me dijeron “¡Katarina Bulatović!”, una de las leyendas del equipo, y “Neagu”. “Cristina Georgiana Neagu”, como la llamaron en cuanto la vieron salir.

Ella se detuvo y posó para tomarse fotos con todos, con la cara seria. Entramos al restaurante, nos sentamos, ella se dejó puesta su campera negra de nylon. Lo primero que me dijo fue que estaba muy cansada, y su cara no denotaba otra cosa. Mi intención no era que la entrevista fuera tan tardeya eran las 21:30—pero ella debía viajar a Belgrado al día siguiente para infiltrarse el hombro. Le di la carta de Teodora, esperando que sirviera para romper el hielo, pero la dobló a la mitad con sus largos y esbeltos dedos, con las uñas pintadas de rojo, la puso a un costado y dijo que la leería en su casa.

Llamó al mozo y ordenó una Fanta en serbo-croata, idioma que ahora habla con mucha fluidez. Antes de que tuviera la oportunidad de preguntarle nada, un señor mayor que caminaba ayudado por su bastón se detuvo al lado de nuestra mesa, le tomó la mano y se la besó. Ella se puso de pie para agradecerle.

Ella me contó acerca de Budućnost, sobre cómo la apoyaron para volver luego de tantas lesiones, de cómo la ayudaron con sus cirugías y sus recuperaciones. En un momento de la conversación—quizás por la hora, o por el hecho de que ambas estábamos lejos de casa—sentí que bajó la guardia. Su voz se volvió más amena, su mirada se volvió más relajada y los pocitos en sus cachetes empezaron a verse con más frecuencia. Se quitó la campera y se perdió entre anécdotas e historias. Comenzamos a hablar acerca de los libros que le gusta leer—Dalai Lama y Nelson Mandela (porque le encanta seguir aprendiendo cosas), Steve Jobs (porque es apasionada por todas las cosasa Apple), biografías de entrenadores y atletas como Phil Jackson, Mike Tyson, Monica Seles—y sobre cómo no soporta que la gente la compare con Messi, porque siente que eso le quita parte de su propia identidad.

Me contó que nunca se había sentido tan débil y vacía como después del mundial de Dinamarca, aunque al menos ahora encontró el coraje para confesar cuando se siente así. Me dijo lo mucho que valora la mística de equipo que se formó durante ese torneo y lo difícil que cree que será repetir actuaciones como las del 2015. (Aún tiene ganas de conseguir un título internacional con Rumania).

“Si llegaras a conocerme un poco te darías cuenta de cuánto amo jugar y lo que odio estar fuera de la cancha”, me dijo. “Pero lamentablemente las lesiones a veces me fuerzan a eso”. Ella sabe perfectamente que la gente espera que juegue bien en todos los partidos, que Budućnost quiere volver a ganar la Champions League, que en Rumania esperan que clasifique a los Juegos Olímpicos. Y también sabe que esos logros también dependerán de ella, y ella odiaría decepcionar a sus compañeras. Pero si hay algo que logró entender durante este camino que está transitando—sobre todo de esas épocas en las que vivía a analgésicos para poder jugar—es que sin importar cuánto se esfuerce, cuánto entrene y cuánto lo desee, no siempre va a poder mantener este nivel, volar sobre sus oponentes y bombardear arcos rivales. Porque después de esos días en los que da la sensación de que es de otro planeta, vienen los días en los que no se puede ni mover. El tiempo de un atleta dentro de una cancha es limitado y sus cuerpos son vulnerables. El de ella particularmente lo es.

Ya se hizo tarde, es hora de que ella regrese a su casa. Estamos cerca de la medianoche y las luces el restaurante ya se apagaron. Cristina reabrió la carta de Teodora y se echó a reír, porque en una parte de la nota la niña le pedía que le mandara saludos a Dragana Cvijić, la pivot del equipo y su amiga más íntima en Montenegro (días más tarde le contestó la carta a Teodora). Se puso la campera, tomó su comida para llevar y se ofreció a llevarme a mi casa en su auto, un Seat Ibiza que le dio el club. Mientras estábamos en camino hacia mi casa le dije que mi interés por el handball era bastante reciente, que hasta ese entonces este deporte me había intimidado.

“¿Intimidada?, ¿por qué?”, me preguntó

“Porque parece tan difícil, tan complicado”.

“Es verdad, es un deporte difícil”.

Se puso seria, como concentrada, con esa mirada que todos le conocen.

“Sin embargo…”, dijo en voz baja.

“Sin embargo”, continuó. “Aquí estamos, rompiéndonos las rodillas en la cancha, y la gente en sus casas diciendo: ‘Ah, ¿cómo puede ser que no haya convertido desde ahí?’ Así que, ¿cómo podría una preocuparse por lo que dice la gente?”.

Quizás deberíamos recordar que el handball a veces duele, y dejar que ella se encargue del juego. Ella, que juega para el club que la ayudó a volver a ser ella, por la selección a la que ama, pero sobre todo, por ella misma. Ella que perdió tres años que no volverán, tres años que son esenciales en la carrera de un deportista. Sabe que no le quedan muchos años más en una cancha—unos cinco años más, calcula—y aún es muy temprano para ponerse a pensar en qué hará después de esto.

Hasta ese entonces seguirá recibiendo golpes y cayendo al suelo, y el médico entrará corriendo con una bolsa de hielo para sanarla. Pero ella se pondrá de pie y seguirá jugando, sin miedos, como lo hizo cada vez que volvió de una lesión, de la misma forma en la que jugó desde que se dio cuenta de que el handball es eso en lo que ella siempre fue buena: “Cuando estoy en la cancha sé de lo que soy capaz y no me pongo nerviosa, porque confío en mi fuerza”.

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2 comentarios en ““Una 8 que vale como un 10”

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